martes, 21 de marzo de 2017

El Brujo de Porto Alegre



 Parece que van a reventar los irisados globos dentro de esas cuencas,
con esa mirada que guarda en la cuadra de lo pueril el olor a tierra y
despestaña el cielo en aguardo de las notas que ofrece la ceremonia.
Los miles contemplan embelesados aquella gracia danzante de sus crines.
Esos incontables le gritan que es casi un dios en sus soñadoras vidas
y él solo ansía atender el sonido que ofrece el inicio para crear bicicletas.

 

  

 

 

Ya en el centro de la cal que guardará su magia para la perpetuidad,
el período del juego comienza a rodar y con él se inicia lo maravilloso.
 

Con la sutileza de un mago, pone el cuero a besar el suave y corto césped
y, entre sonrisas, se inventa un autopase para detener el tiempo y así disfrutar
de ese momento que semeja un Picasso sobre un verde lienzo hechicero.
En ese rectangular universo escapa de millones de pupilas que le congelan.

 





Se va a la derecha, luego a la izquierda y de esa amplia boca ¡solo huyen risas!
Él no quiere acojonar a nadie, solo anhela divertirse como lo hacía en las calles.
Con el saltar de los minutos, son solo su risa y el río Guaíba transpirando su piel,
que contagian a todos esos espectadores que desean ver más la mixtura de la samba,
y con la punta de las botas y la cadencia de la cintura regatea sin mirar atrás.
Solo les permite que observen su espalda con la que le ofrece un pase a la vida.

 





Una vez más es el protagonista de su encanto amarrado a sus pies.

Le exclaman ¡olé!,
y va pasando entre fantásticos túneles que hacen a los medios invisibles
y ante las centrales murallas aparece la astuta calesita; dando paso a un bombazo
que, en un vertiginoso reflejo, mezcla las razas para gritar ¡goool!

al jogo bonito



Y él muestra al mundo con su incansable sonrisa aquel niño feliz del barrio.






Las imágenes usadas en esta entrada fueron tomadas de la web


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